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viernes 20 octubre 2017
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Fotos de Chernóbil 31 años después

Enrique Moya, fotógrafo y escritor austriaco-venezolano captó las imágenes de la Zona de exclusión del desastre nuclear de Chernóbil ocurrido hace 31 años. Una muestra de 22 fotos tomadas en un recorrido realizado en agosto de 2015 se exhibe en el Espacio de Arte y Formación del IPSP, ubicado en el edificio sede del Colegio Nacional de Periodistas. En noviembre pasado el reactor No. 4, que originó el accidente, estrenó un nuevo sarcófago que resguarda el magma radiactivo que seguirá ardiendo por 25 mil años más antes de que se apague su mortífera llama.
El también periodista Enrique Moya contextualiza hoy aquel accidente que aún representa un peligro para la humanidad.

Enrique Moya, junio 2017

 

Edificación abandonada de la ciudad de la ciudad fantasma de Pripyat. ©Enrique Moya, 2015

 

 

1.
Antes del desastre nuclear de Chernóbil la seguridad nuclear se apoyaba en una premisa fundamental: el optimismo tecnológico. El avance científico y técnico de entonces se consideraba eficiente y convincente para la administración de las plantas atómicas. Razones no faltaban para tanto optimismo: ningún dispositivo nuclear diseñado para la guerra se había escapado accidentalmente de los arsenales y diezmado al mundo. Así, el exceso de confianza en el control del ala militar de este tipo de energía llevó a sobrestimar la capacidad civil en el manejo del átomo.

La energía es un negocio. Esto es, la productividad y la rentabilidad (más que la oferta y la demanda) determinan de muchos modos su efectividad y sostenibilidad.
El negocio de la energía es avaro en su proceder; escatima en gastos. Porque los accionistas demandan elevada rentabilidad con criterio de mínima inversión. Pero si bien la energía nuclear es más limpia y más barata en términos de producción (ideal para un holding de inversión), puede llegar a ser en extremo costosa y letalmente sucia en caso de accidente: Chernóbil con su obsoleta tecnología soviética de los 70 del siglo pasado y Fukushima reajustada con tecnología americano-japonesa del siglo XXI, lo demuestran.

El hombre aún no parece apto para el uso pacífico de la energía nuclear. Y quizá nunca lo esté. Pues las fuerzas sociales y el entramado económico-financiero que la sostienen –entre otras razones filosóficas y tecnológicas–, priman las ganancias sobre la seguridad. Y la seguridad es costosa, la producción de plantas nucleares 99% seguras no es negocio rentable. Estadísticamente hablando, el 100% es una abstracción, un horizonte de utopía; la realidad funciona de otra manera: ningún inversionista se arriesgaría en la construcción de una costosísima planta nuclear 99% segura, cuando un 1% restante podría ser el elemento decisivo entre ruina o éxito en términos de inversión.
Una demostración de ello es el gasto actual en nuevas fuentes de energías renovables no contaminantes: la creación y el desarrollo de dispositivos eólicos o paneles solares, en relación al costo de extracción, refinamiento, producción y transportación del petróleo, siguen siendo enormemente costosos. Muchas inversiones en tecnologías de energías limpias han terminado en la ruina.
Observando el hilo fino de las estadísticas y los números puede percibirse que la seguridad de una planta nuclear queda en entredicho debido a la abundancia y lo módico que resulta la explotación hidrocarburos, de sus fuentes de apariencia inagotable.

2.
Se habla del desastre de Chernóbil en términos cósmicos, como si se tratara de un sol en miniatura que produce una energía poderosa y peligrosa en este anómalo sistema solar al norte Ucrania. Y, en efecto, así es: la planta nuclear de Chernóbil con su letal magma sigue allí. Ardiendo desde el 26 de abril de 1986. Nadie puede apagar ese incendio, que seguirá quemándose por miles de años. Chernóbil vino para quedarse: en 25 mil años, dicen, su magma consumirá la última molécula de combustible. Es bastante probable que el ser humano desaparezca de la faz de la tierra mucho antes que ese fuego nuclear creado por el hombre en el este de Europa.

 

©Enrique Moya, 2015

 

©Enrique Moya, 2015